perplejo ante una imagen que volvía hacia él, por capricho de la física, inmerso en una anestésica inconciencia presente, el señor B se vio a si mismo como un hormiguero poco después de la catástrofe, con sus estúpidas y epilépticas ilusiones corriendo de aquí para allá tratando de sobrevivir, bulímicas de una idea que las proteja, ahogadas por la lluvia de lo irreversible, rebalsó sus manos de agua un largo rato, para luego llevárselas precipitadamente hacia su rostro repleto de hormigas, todas mueren -se dijo-, las ilusiones, las hormigas, y cada una de las occisas se pierde entre la psicopatía de las recién nacidas, que las aplastan hasta la nada, como una lagrima en medio de la lluvia .